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Aventuras nocturnas y «casualidades»

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Si me sigues en instagram @annabethberkley, sabrás que hace unos días comenté que había participado en una aventura nocturna que incluía gatos, un «sigue a ese coche»… y bueno, un encuentro policial (o dos)… No es algo que me ocurra con frecuencia porque soy una persona muy normalita y tranquila, pero, claro, a veces, cuando la aventura llama a tu puerta y se trata de defender aquello en lo que crees, aunque tengas que salir un martes de la cama a las 12 de la noche (y volver a las tres), pues claro, lo haces.

A grandes rasgos te cuento que en mi ciudad la «protección animal» se ve de diferente manera entre quien la gestiona y los voluntarios que participamos en ella desde hace más años que esta nueva legislatura.

¿Qué me ocurre a mí? Que me implico en pocas cosas, pero cuando lo hago, pues no sé ni quiero hacerlo a medias. Total, que mi compromiso con los animales es grande, y con las colonias felinas, ni te cuento. ¿Por qué? Pues ¿por qué no? No es el único voluntariado que hago actualmente ni he hecho en toda mi vida, pero bueno, somos muchos los que podemos velar por muchas causas diferentes, y mientras otros se comprometen con Cáritas, por ejemplo, donde estuve activa muchos años, pues yo, ahora, me comprometo con el bienestar y la salud de los gatos urbanos.

La cuestión es que tenemos un desafío puntual donde estamos haciendo mucho ruido, contactando con muchas personas, pidiendo muchas ayudas, recogiendo firmas… todo lo que se nos ha ocurrido hacer. Además, las personas de mi ciudad tienen fama de ser «cabezotas», y parece que estamos honrando la etiqueta.

Bueno, pues el principio de lo que parece el fin de nuestros desvelos (no pinta bien, para qué engañarnos), estalló a las once de la noche el martes. Entre semana, día de cole, con una niña, con un gato bebé que come cada tres horas más o menos… sentí que no podía hacer nada. Deseé lo mejor a mis compañeras (por cierto, me inspiré en ellas en la novela romántica de Amor contracorriente), y con gran opresión en el corazón, me eché a dormir.

Casualmente, el gato bebé se despertó con hambre a las 12 de la noche (nunca lo había hecho a esas horas). Casualmente después de darle el biberón miré el móvil, algo que nunca hago por la noche porque lo suelo dejar en la cocina. Casualmente una compañera, ya amiga, que vive a diez minutos me acababa de comentar, dos minutos antes, que si estaba dispuesta, me venía a buscar, ya que tenía también a su hijo dormido.

Entonces, una parte de mí pensó: Mañana hay cole, dónde vas un martes a las doce de la noche, para qué vas a ir, ya hay otras compañeras, no te necesitan, no podéis hacer nada… Otra parte pensó: Se trata de apoyar a una compañera/amiga que está pasándolo realmente mal, es darle un abrazo, es posicionarte.… y entonces otra parte, que pocas veces aparece (creo que porque ya de por sí hago cosas que no se consideran «normales») me dice: ¿Las doce de la noche un martes? ¿Y qué? ¿Qué tiene de malo? ¿Por qué no? ¿Acaso cuando eras joven no salías en fin de semana a estas horas? Si ya lo has hecho antes, ¿Por qué no?… además… mi compañera/amiga, seguro que necesitaba sentirse arropada.

Supongo que ya sabes qué mensaje envié: Me visto y vamos.

Mi pareja me miraba sorprendido mientras manifestaba su opinión disconforme, pero como ya me conoce y sabe que pocas veces cambio de opinión cuando realmente creo en algo, pues tampoco insistió.

Llegamos donde estaban las demás compañeras, una docena de personas (algunas incluso habían ido en bicicleta desde distancias considerables a esas horas). Llegó la policía porque nos la envían continuamente, se llevaron unos gatos en dos furgonetas…

Casualmente mi amiga había aparcado mal el coche, casualmente en la calle por la que las furgonetas pasaban. Fuimos a su coche y les seguimos para saber dónde llevaban los gatos. Y minutos después, casualmente donde las furgonetas tenían que ir hacia la izquierda donde se supone que debían ir o seguir recto hacia donde no deberían hacerlo por el bien de los gatos… la policía nos paró. Nos pidieron papeles, registraron el coche, nos entretuvieron el rato que quisieron para que no siguiéramos a las furgonetas o nos denunciarían por acoso (la sociedad parece cada vez más intolerante y tenemos la piel muy fina , porque evidentemente, no íbamos a hacer nada más que saber dónde iban). Pero ya habíamos visto, dentro de nuestra incredulidad e impotencia que tomaban el camino recto.

Cuando la policía nos permitió subirnos al coche, ¿Qué creéis? ¿Que volvimos con las compañeras? Pues claro que no… a esas alturas… seguimos a las furgonetas todavía impactadas por la dirección tomada. Paramos ante la decisión de ver con nuestros propios ojos lo que estaban haciendo, o conformarnos con las evidencias hasta el momento y evitarnos alguna posible denuncia… y volvió a aparecer otro coche de policía. (Qué casualidad por esa zona solitaria un martes a las dos de la madrugada).

Pocas veces se me da bien improvisar, pero en ese momento, fingimos que nos habíamos perdido y amablemente nos indicaron como volver al casco urbano. Cuando llegamos con las compañeras, les contamos lo ocurrido para proseguir con todos los trámites y denuncias pertinentes, acompañamos a nuestra amiga, que estaba en shock, hasta su casa, y volvíamos a las nuestras a las tres de la madrugada.

Al día siguiente… o más bien, dos horas más tarde, ya estaba en marcha, como todos los días… aunque con más sueño y con alguna inspiración para futuras novelas.

Puede que te parezca raro, ridículo o absurdo preocuparse tanto por unos gatos, pero cuando velas por su salud y bienestar todos los días durante más de diez años, como le pasa a mi amiga, cuando sabes que confían y dependen de ti y te los quitan (vale, no son suyos, son urbanos) sin ningún miramiento (incluso con mala fe)… te toca el alma.

Horas más tarde, cuando Erika desayunaba, le conté mi aventura (con ella he estado más de una vez  cogiendo algún gato atrapado en el motor de algún coche, así que aún me hizo repetírsela dos veces más).

Creo que la teoría sobre lo que sabemos que debemos hacer en la vida, la tenemos muy clara, pero se trata de poner en práctica lo que sabemos. Para mí es importante la congruencia, el compromiso, el apoyar a las amigas… y como le dije a Erika, si hay algo en lo que crees, has de defenderlo.

Es por lo que me gusta tanto la frase de Margaret Mead, que no me canso de repetir y que aparece en la novela de Amor contracorriente: «Nunca dudes que un pequeño grupo de ciudadanos pensantes y comprometidos pueden cambiar el mundo. De hecho, son los únicos que lo han logrado».

Y ahí estamos. La viñeta es de Paco Catalán y, apoyándonos, reflejó al César Augusto que tenemos junto a las murallas romanas, y a los gatos de nuestra ciudad.

¿En qué crees tú? ¿Cómo lo defiendes?

 

 

 

 

 

 

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