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Primeras líneas de Un hogar por Navidad

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Wyatt Lewis estaba conduciendo malhumorado su Aston Martin. Le costaba creer que su padre hubiera mantenido a una amante en Arlington, a poco más de diez minutos en coche de su lujosa mansión de Boston, sin que nadie se hubiera enterado.

¡Una amante! La de veces que le había sermoneado a él sobre el respeto por la mujer amada, la importancia de la familia, o de que esperara a casarse hasta encontrar el amor de su vida… y todo eran mentiras, pensó dolido.

Se sentía engañado, estúpido y bastante furioso.

Cuando su madre, en su lecho de muerte le había hecho prometer que echaría de su casa a la amante de su padre, no había dado crédito a lo que oía. Creía que era fruto de su imaginación o de alguna divagación mental asociada a la medicación tan fuerte que estaba tomando para vencer el agresivo cáncer que finalmente se la había llevado hacía dos semanas.

Por supuesto que le había dicho que lo iba a hacer. Su madre merecía descansar en paz, después de tanta soledad y amargura como parecía que había estado sintiendo desde que él recordara.

Una amargura a la que no le había encontrado explicación hasta ese momento, y una soledad que nunca había comprendido puesto que su marido había estado a su lado hasta el final, que se había producido diez años antes, por un accidente de tráfico.

A partir de entonces, él había aumentado su contacto con ella, con tanta frecuencia como sus negocios y escarceos amorosos le permitían, pero no parecía que la actitud de su madre hubiera mejorado en absoluto.

Por lo que recordaba, la relación entre sus padres había sido más bien distante y fría. No tenían nada en común y apenas hacían nada juntos a no ser que fuera asistir a alguna fiesta o gala benéfica. Su padre pasaba horas trabajando y su madre dividía su tiempo entre el gimnasio y sus citas con amigas. Él estaba acostumbrado a verlos así. No le había dado la menor importancia. Por eso, ver a su madre tan resentida y dolida al respecto de lo que había sido su relación de pareja en sus últimos días de vida, le había sorprendido.

Lo comprendió cuando entre la documentación que había recibido tras su fallecimiento se encontró con una propiedad a nombre de Balthazar Lewis y Maeve Todd, adquirida un año antes de que él naciera, y había empezado a atar cabos.

Había hablado con un abogado. Legalmente la casa estaba a nombre de los dos, aunque la firma de esa mujer no apareciera en ninguna documentación. No le importó. O le daba el dinero que él pedía por la parte que por herencia le correspondía y que estaba por encima del valor del mercado o empezaría con el procedimiento que hiciera falta para sacarla de allí. Tenía tiempo para hacerlo y dinero también.

Sería un regalo de Navidad póstumo de parte de su madre para la mujer que le había robado el amor de su marido. Curiosa ironía, pensó, cuando su madre se llamaba Hestia, que según la mitología griega era la protectora del hogar. Un hogar que, al parecer, nunca había tenido.

Se centró en la carretera. Había dejado de nevar mientras conducía. Estaba deseando conocer a la mujer que tanto había condicionado la vida de sus padres, y echarla a la calle. Quería darse el gusto. Su madre descansaría en paz, él dejaría de pensar en las conversaciones con su padre, que habían resultado ser mentira, y podría empezar a disfrutar de sus vacaciones navideñas esquiando en los Alpes suizos con su última novia.

Paró frente a la verja de una cuidada casa empedrada de cuatro plantas y un gran jardín, cubierto de nieve. Aparcó y bajó del coche para avanzar por el camino lleno de nieve que lo separaba de la casa.

Le sorprendió el majestuoso aspecto que lucía, pese a ser tan antigua. Le recordaba más a un hotel o a un balneario que a la casa de una ramera de edad considerable. Supuso que en los diez años que llevaba muerto su padre, habría encontrado otro amante, porque el mantenimiento de ese tipo de edificios suponía un desembolso importante.

Una camioneta gris con un enorme abeto agarrado sobre ella se adentró en el camino hacia la casa, pasando por su lado y salpicándolo de nieve.

Wyatt murmuró unas palabras malsonantes mientras la veía parar junto a la puerta a unos pasos de él.

Bailey Gardner bajó de la furgoneta con rapidez. Tenía las mejillas sonrojadas por el frío y su oscuro cabello revuelto. Se puso el gorro de lana sin mucho miramiento y empezó a soltar las cuerdas que sujetaban el abeto que llevaba sobre el techo, sin perder ni un segundo. Estaba deseando enseñárselo a su hermana.

—Casi me arrolla al pasar por mi lado —se quejó Wyatt acercándose a ella sacudiéndose la nieve que había salpicado sobre sus pantalones—. ¿No me ha visto?

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Te hablo un poquito más de ella en este vídeo: https://youtu.be/P4CrutB8O9Y

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